Las puertas se abrieron con un chirrido. Frente a él, un pasillo idéntico al del segundo piso, pero sumido en una luz azulada y gélida. No había puertas, solo una hilera infinita de casilleros oxidados. De pronto, un sonido: clac, clac, clac . Alguien caminaba rítmicamente al final del corredor. —¿Hola? —preguntó Mateo, con la voz quebrada.
El ascensor bajó de golpe hasta el sótano. Cuando las puertas se abrieron, el conserje lo encontró pálido y temblando. —Subiste, ¿verdad? —dijo el viejo sin mirarlo. Mateo asintió, incapaz de hablar. —Revisa tu mochila —añadió el hombre. historias de misterio cortas para adolescentes